El día de reflexión, víspera de las elecciones, a dos horas de enfrentarse el Valencia CF y el Real Madrid, un hombre se desploma junto a la estatua en homenaje a la afición, a escasos metros del estadio de Mestalla. Un joven le intenta auxiliar, con la ayuda de algunos policías - que sumarían unos 30 en la misma calle-. La gente de los alrededores se congrega impaciente esperando a una ambulancia. La tensión se empieza a respirar en el ambiente. Llamadas de móvil, impaciencia...Más de media hora después, con el hombre insalvable , llegan los servicios sanitarios.
La gente rodea a la ambulancia y empiezan los abucheos, la indignación, la cólera colectiva.
En pleno centro de la ciudad, a las ocho de la tarde, en un evento deportivo que congrega a más de 50.000 espectadores, con 3 hospitales a escasos metros de distancia del estadio de Mestalla, un hombre habrá de aguardar más de 30 minutos antes de morir. La irritación y el hastío de la gente son indudables.
La indignación de unos ciudadanos, que por lo general tienden a colaborar con las autoridades, no fue más allá del insulto. Es el control de las pulsiones, que Norbert Elias, calificaba de fuente de una economía psíquica, que impide al hombre a abandonarse al placer de la agresión.
Miramos con sarcasmo y superioridad las imágenes del asesinato de Gaddafi, olvidando que no hace mucho éramos iguales.
El estallido de una guerra civil, es el escenario en que el hombre deja rienda suelta a las pasiones, a los sentimientos o a los miedos que se combinan con las frustraciones y las expectativas del presente y mediante la agresión, la violencia adquiere una dimensión de carácter paroxístico. La multitud asesina subvierte el orden y procede a la venganza.
No nos encontramos ante una violencia meramente instrumental, sino simbólica, que adquiere un aura, y una sensación orgásmica, que le dotan de una dinámica propia. Roger Caillois registró la impactante homología que tiene esta violencia con la fiesta, pues en ambas los individuos son absorbidos por una efervescencia colectiva, transformando el acto comunitario en solución de sus problemas, poniendo en cuestión las distancias sociales y la autonomía de las personas. Disminuye la parte de liturgia y aumenta la de licencia y orgía.
Se suspende el derecho y se cuestiona el monopolio estatal de la violencia.
En nuestra ciudad los festejos populares son sinónimo de efervescencia colectiva, hasta el punto de que, el uso de la memoria y de los imaginarios colectivos, ha generado identidades múltiples, confrontación, y distintas manifestaciones colectivas.
Desde homenajes a banderas diferenciadas por una franja azul, pasando por (ex)líderes políticos que se agarran a ella ante las acusaciones de corrupción, hasta el exacerado culto a la virgen local, damos a entender a los demás que nos gusta tener ascendencia.
Un evento popular no tan estigmatizado (o sí), como serían las fallas, ha dado lugar a múltiples manifestaciones colectivas, y muchas de ellas – repetidas cada año – de carácter violento. Peleas masivas, lanzamientos de botellas de cristal, o incluso asaltos a comercios, son el resultado del encuentro colectivo, unido a ciertas dosis de devoción creativa, y alcohol.
Ahí encontramos al primitivo valenciano que podría perfectamente matar a Gaddafi si hubiera intentando timar a los accionistas del Valencia CF comprando las parcelas del estadio para hacer negocio. Ni qué decir tiene de las múltiples trifulcas entre grupos ultra que con la misma lógica de una guerra civil, e insertos en el Estado de naturaleza (previo a la constitución del Estado) recurren a la fórmula de amigo-enemigo que empleó Carl Schmitt para referirse al elemento definitorio de la política.
Pero ahí podríamos hablar ya de tantas cosas como de los catalanistas, los masones, los rojos, los judíos, los moros, los negros, los inmigrantes en general, los homosexuales, el Papa, los mesetarios, el imperialismo, EEUU, los fascistas, la globalización neoliberal, las multinacionales, el mercado, el capitalismo, la contaminación, los progresistas, hasta llegar a ETA o Rubalcaba.
Sin embargo no hay que andar tan lejos, para hablar de lo que nos concierne, y que no es más que de los impulsos colectivos, que acaban quebrando nuestra amada paz social.
Ante una crisis múltiple como es la que vivimos: de valores, de deuda, de representación, de sistema, de la construcción, de la economía en general, de la juventud, del Estado del bienestar... nos encontramos ante un panorama tan desolador como el que le deparará a nuestro sector público, pues no cabe la menor duda de que aquellos encargados de nuestra seguridad y protección, es decir; aquellos privilegiados que vivan de los impuestos de los contribuyentes, habrán de hacer su trabajo mejor que nadie, y añadiéndose más brazos que un pulpo para paliar la escasez de medios e intentar que no los despidan o no nos los comamos. Aunque al final, que más dará… 30 policías, casi nada. Pero la gente no es tonta, y al final lo que le importa es sobrevivir. Después de todo eso de la autorrealización y demás mierda posmoderna.
Hace unos años que murió Francisco Franco, unos tantos más que murieron Buenaventura Durruti, y José Antonio Primo de Rivera. Hoy han capturado al sucesor de Gaddafi y se le ha asegurado un juicio justo. El hombre murió por culpa o no de la tardanza de los servicios sanitarios, pero los periódicos nada mencionan al respecto, probablemente no preguntaron a las personas congregadas.
Probablemente Gaddafi no preguntase a sus verdugos antes de enfadarse con él y se empezase a resquebrajar el castillo de naipes que había ido creando, qué querían hacer con su vida cuando lo capturasen. El sueño de la razón produce monstruos, y algunos son terroríficos.
El hombre se llamaba Salvador Perales y el equipo local lució brazaletes negros en su honor en un partido que podría haber empatado si no fuera porque el árbitro no pitó una mano de un jugador visitante en el último minuto del partido señalando penalty.
Hoy hay elecciones a las cortes generales, la gran fiesta de la democracia.
Llevemos brazaletes negros en su honor, la mano invisible ha vuelto a ganar la partida.



