Desaparecer: el ansia
general, creciente reina.
Un fantasma de estandartes,
una bandera quimérica,
un mito de patrias: una
grave ficción de fronteras.
(Miguel Hernández)
No hace poco que encontré la llave del buzón y la verdad, si lo sé hubiera hecho todo lo posible para volverla a perder. Por una breve temporada me olvidé de las facturas y de la publicidad, pero notaba que me faltaba algo más… ¡las papeletas de la fiesta de la democracia!
Tiremos de tópicos. Cada cuatro años, desde los púlpitos socialdemócratas, a los representantes les entra un vacío existencial y político. Están huérfanos, algo les falta. Sienten la necesidad de perpetuarse en el poder y no saben cómo prolongarlo. “¡Ah, las masas!”. Efectivamente. Tras cuatro años de silencio por fin el pueblo soberano tiene algo que decir…
Es cierto. A nosotros, los fieles demócratas convencidos, se nos despierta un sentimiento sufragista tal que corremos como locos hacia nuestros colegios (¿dónde se ha visto ir un domingo a ese lugar?) para ejercer el derecho a voto, ese derecho por el que tanto hemos luchado y por el que debemos estar agradecidos a nuestros padres, abuelos, bisabuelos y si somos generosos con las generaciones pasadas, a los diputados de las Cortes de Cádiz…
Y es que parece que les debamos algo a los antiguos procuradores franquistas. Estos amables señores, amantes de la democracia desde finales de la década de los treinta, nos han hecho creer que la Transición fue algo modélico, incluso generoso para con los ciudadanos. Además, no viene nada mal incluir en el guión para rozar la excelencia la figura de un monarca que delega su poder para poder marchar “y yo el primero, por la senda constitucional”, como diría un antepasado suyo.
Muy bien, nos ha quedado claro que a la democracia ni tocarla. El problema aparece cuando hay voces que cuestionan el supuesto carácter ejemplar del Estado. Parece que la crítica no gusta. Y como no gusta sólo queda una solución: manipular, tergiversar los hechos y modelarlos para que la crítica se convierta en ataque y radicalismo.
De todo eso saben mucho los protagonistas de una nueva forma de hacer periodismo. Quizás no es demasiado nueva, pero la difusión que provocan los nuevos medios de comunicación ha ayudado a propagar su mensaje. Periodistas, historiadores y escritores – les nombro como personas que tienen una profesión, así soy yo de generoso- se dedican a consumir horas de radio, de televisión y de esa extraña combinación resultante de la emisión por televisión de lo que está pasando en la radio, informando sobre una realidad paralela que parecen que sólo ellos ven. Denuncian la corrupción judicial, el terrorismo encubierto del gobierno socialista y, por si fuera poco, se toman la licencia de cuestionar la labor policial reconstruyendo ellos mismos casos de terrorismo, incluso se han convertido en profesionales del fascinante mundo de los explosivos (véase el debate Goma-2 Eco vs Titadyn que divide España).
A todo ellos, gracias. Gracias por abrirnos los ojos. Gracias por creer en la democracia. Y es que ellos son personas con valores, fe y con un gran sentido de Estado. Pero me gustaría que quedase claro su clara creencia en la democracia. Lo digo porque todos estos medios utilizan, casi de forma enfermiza, las palabras “Estado de derecho”, “constitución, “democracia”, “democracia constitucional”, “democracia parlamentaria”. No nos engañemos. Las personas que soban tanto palabras de carácter progresista tienen algún tipo de relación con el fascismo (o con el liberalismo, que es su máscara favorita).
Volvamos a los tópicos:
“¡No nos representan!”. Quizás esta ha sido una de las frases más repetidas de los últimos meses por el movimiento 15M, un movimiento que ha dado cabida (que da, ¿por qué habré hablado en pasado?) a todas las generaciones, desde niñas y niños hasta el ya conocido “abuelo de la revolución”. Esto tiene un adjetivo… ¿puede ser heterogéneo? Puede ser, sí. Sin embargo, los autodenominados liberales, desde sus amplios conocimientos, no dudan en señalar con el dedo y decir que los indignados no son más que radicales de extrema izquierda dirigidos por el PSOE para provocar inestabilidad y confusión a su amada patria democrática. Esto es así. Y si cuestionas esta postura no hay duda, eres un analfabeto funcional. Aunque ellos, dios me libre de acusar, parecen demostrar más que nadie su ignorancia relacionando a la izquierda con el PSOE.
Dejando a un lado a este sector de la prensa amiga de la libertad, lo que parece claro es que debemos adoptar nuevos compromisos para que las élites socialdemócratas sepan del descontento popular. El movimiento 15M está muy bien pero, ¿alguien se ha planteado hacer algo nuevo, como escupir la papeleta electoral? Y ojo, no he sugerido escupir dentro del sobre. Sé muy bien que cada gramo de papel debe tener un uso justo para preservar los parajes forestales. O como decía un compañero, ¿si debemos abandonar el bipartidismo por higiene democrática, apostar por los partidos minoritarios como la Falange (la original de las JONS, que conste) sería una opción válida? Es que claro, esto de simpatizar ideológicamente no es tan fácil…
No sé a ustedes, pero a mí me asaltan este tipo de pensamientos cuando leo las cartas electorales de los líderes de los partidos políticos que se dirigen a mi persona (benditas cartas de plantilla). Debo tener mucha suerte, porque todos proponen y me prometen un sin fin de felicidades varias que son imposibles de rechazar.
Al final, y perdonen la ignorancia, la socialdemocracia se resume a una serie de promesas/ premios que los figurantes hacen al populacho para que estos piensen que el acto de echar la papeleta en la urna sirve de algo. Por supuesto que sirve. ¿Han oído alguna vez eso de la perpetuación de la especie? Pues eso.

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